El hilo y el suelo.

Cuando se queda uno suspendido en el tiempo como colgando de un hilo invisible de plomada, los movimientos circulares o pendulares son sólo una ilusión de avanzar, pero al fin no llevan a ningún lado. Él es péndulo hace tanto tiempo que no se acuerda bien desde cuándo. Sólo dibuja figuras en el suelo con su sombra que se acorta -se achica- y se alarga hasta que desaparece a medida que el sol (sí) se mueve. Hasta la noche. Y al día siguiente. Y así.

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No se avanza. Ni siquiera se retrocede. Por eso el plomo preso de sus ataduras intenta liberarse del hilo, pero entonces tiene el destino de caer por su mismo peso. Tocar el suelo tampoco es avanzar, cuando uno cae no avanza. Él cayó hace tanto tiempo que no recuerda bien desde cuándo. Sólo se acuesta a ver el sol moverse. Hasta la noche. Y al día siguiente. Y así.

Él a veces, cuando se queda dormido sueña que es tan liviano -tan liviano- que puede salir volando, liberado del suelo y desatado del hilo, tan alto y tan lejos que pierde de vista su sombra, mientras se mueve siempre junto a Ella toda la noche. Y al día siguiente. Y así.

Ella lo siente.

Él despierta tan hilo, tan plomo, tan suelo, tan peso, tan cansado que vuelve a quedarse dormido. Toda la noche. Y al día siguiente. Y así.

Tan péndulo.

 

(Febrero)

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Plano secuencia.

40

Ayer se volvieron a encontrar. Fue como un corto, de esos que no necesitan diálogos interminables ni tramas complejas. Sin decorados.

No hubo lugar para costosos efectos especiales, lugares comunes, errores de continuidad ni vestuarios de época. Sin escenografía se vieron sólo un rato. Sintieron para siempre.

Actuaron lo justo y necesario. Alcanzó con su perfume, con su camisa, con su pelo atado, la sonrisa suelta y un vaso.

Para él, mirarla es viajar a la luna (cada vez). Una gran historia contada entre ellos. Imaginaria como un cuento, real como su abrazo de despedida.

Mayo.

Latidos/min.

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La vio otra vez.

Él buscó en una Enciclopedia cuál es la frecuencia normal de palpitaciones en una persona adulta. Encontró el dato, pero le parece que debe estar desactualizado -como la Enciclopedia-, su corazón va más rápido. Sólo quería quedarse tranquilo, para no someterse a un permanente auto análisis minucioso y obsesivo de su salud cardíaca y emocional.

No lo consiguió.

Abril.

Pronóstico.

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Garúa, poco al principio. Constante. Se alegra de haber entrado las sábanas y por las plantas.

Sigue adelante con la ridícula tarea de intentar describir lo importante. Esquivando rimas consonantes y lugares comunes, sabe a ciencia cierta que nada de lo que escriba estará acorde siquiera en lo más mínimo con lo que siente.

Llueve.

Está desbordado, se le caen las as al suelo, se le vuelan las emes como si alguien hubiera dejado la ventana abierta, se le mojan los papeles porque llueve más afuera que adentro y él está a la intemperie con un lápiz en la mano.

Por lo menos, la oye.

 

Abril.

Si el zorro tenía razón.

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Ni Monet con sus flores, soles rojos y paraguas, ni en los limones de Cézanne, calaveras y manzanas.

Ni en los cronopios y famas, ni en el otoño del patriarca. ¿Qué habrá visto Van Gogh, entre los lirios y terrazas?

Ni la novia asustada al ver la vida abierta, ni Cristina retratada, ni el dolor sobre la cama.

Ni en las letras de Chavela, ni en el rosto de la Gala, ¿Qué será de lo que observa la muchacha en la ventana?

¿Qué hay ahí, que permanece, que interpela, que reclama?

 

Abril.

Principio de Arquímedes.

Domenico-Fetti_Archimedes_1620Ella tendrá que esperar, aun navega a la deriva entre capítulos finales y desenlaces. Hace tanto que partió de puerto seguro que intenta al menos divisar la otra orilla, cree haberla visto (cada vez más cerca, o menos lejos) pero la tierra firme sólo se siente cuando se entierran los pies en la arena mojada o en su defecto, cuando se abraza.

Ha sido un viaje largo, de aguas calmas, de remansos y oraciones, las últimas tempestades han dañado su embarcación aunque todavía flota a pesar de todo, y a estas alturas (o profundidades) eso es importante, flotar.

Desde la orilla él también la ve, cansada en medio de las olas, entre claroscuros aparece y desaparece, pero sabe que es ella, porque brilla.

Ella siempre brilla.

Quisiera acercarle la playa para que descanse de una vez, lo pensó. Pero es imposible. Intentó ir a buscarla, pero sus recientes naufragios también lo han dejado exhausto, es que al fin y al cabo todos hemos naufragado alguna vez y hemos abrazado la tierra firme con lo último de nuestras fuerzas. Por eso es importante flotar (primero se flota, después se abraza).

Hay cosas que se sólo se aprenden haciéndolas, verbigracia: flotar y abrazar. Aquí no importan las definiciones ni los ejemplos, los planes y esquemas, los principios ni las teorías.

Ella lo siente, él lo sabe.

Abril.

Palabras.

Él quiere acariciarla, al menos con palabras. Sólo la incertidumbre de saber si ella lo necesita es mayor que el miedo que tiene de despertarse, y sentir esa saudade que se siente cuando uno amanece y se da cuenta que en realidad todo había sido un sueño.

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Necesita hablarle, letra por letra decirle que es importante, porque no la esperaba, porque lo sorprendió una vez y para siempre, ahí sentada en el medio de su vida y de su patio. Sin avisar.

Cuando lo importante se convierte en urgente es cuando uno decide elegirlo. Todas las horas, pergeniar uno y mil planes, construir estrategias dignas del mejor poeta para acercarse con palabras sólo lo necesario y retroceder cada vez que que haga falta, pero sin alejarse. Le es urgente acercarse, pero le es más importante saber que ella existe.

Él no es poeta pero quiere abrazarla, al menos con palabras.

 

Abril.